sábado, 3 de abril de 2010

"VIGILIA PASCUAL"

Hoy celebramos la Vigilia Pascual. Es la celebración central de todo el año litúrgico, ocurre al caer el sol del Sábado Santo.
Es la "noche santa" en la que todos los cristianos celebramos, en la forma más expresiva, la obra de la redención como memoria, presencia y espera. Recordamos la noche en la cual Cristo sale de la tumba, victorioso de la muerte y esta memoria se hace realidad, porque sabemos que el mismo Cristo resucitado está presente en la comunidad que celebra el gran acontecimiento.
Lo llamamos "vigilia", por la actitud de espera que debe tener el cristiano, según la invitación del evangelio: "Tengan la ropa puesta y mantengan encendidas sus lámparas. Estén como hombres que esperan que su patrón regrese de un casamiento para abrirle la puerta. Dichosos los siervos que el Señor al venir, encuentre despiertos…" (Lc 12, 35-37).
Para todo cristiano este velar adquiere el valor simbólico de la espera de la venida del Señor. Así la Vigilia Pascual se convierte en programa de vida: "Estar siempre alertas y preparados para nuestro encuentro final con el Señor".
Día de la Luz, del nacimiento a la VIDA, esta homilía del siglo V, atribuida a Eusebio el Galicano - homilía 12ª; CCL 101, 145 - creo que es apropiada para este día tan señalado. Os invito a que la leáis y reflexionéis unos minutos.
“Tú iluminas esta noche santa con la gloria de la resurrección del Señor” (Colecta) “¡Alégrese el cielo, goce la tierra!” (cf SL 95,11). Este día ha brillado para nosotros con el resplandor del sepulcro más que si resplandeciera con el sol. ¡Qué los infiernos aclamen porque a partir de ahora tienen una salida; qué se gocen porque para ellos hoy es el día de la visita; qué exulten porque después de siglos y siglos han visto una luz que no conocían, y en la oscuridad de su profunda noche, por fin, han respirado! Oh luz bella que se ha visto clarear desde la cima del cielo blanqueado..., has revestido de su súbita claridad «a los que vivían en tinieblas y sombras de muerte »(Lc 1,79). Porque al descender Cristo a los infiernos, su eterna noche ha resplandecido inmediatamente y han cesado los lamentos de los afligidos; las ataduras de los condenados se han roto y caído; los espíritus malignos se han sobrecogido de estupor, como abatidos por un trueno...
Desde que Cristo ha descendido, las porteras sombras, ciegas en su negro silencio y encorvadas por el temor, murmuran entre ellas: « ¿Quién es éste, temible, resplandeciente de blancura? Jamás nuestro infierno no ha recibido otro semejante; jamás el mundo no ha arrojado otro semejante en nuestro abismo... Si fuera culpable, no sería tan audaz. Si algún delito lo ennegreciera, jamás podría disipar nuestras tinieblas con su resplandor. Pero si es Dios, ¿qué hace en la tumba? Si es hombre, ¿cómo se atreve? Si es Dios ¿por qué viene? Si es hombre ¿cómo libera a los cautivos?... ¡Oh cruz, que desbaratas nuestros placeres y das a luz nuestra desdicha! El madero nos enriqueció y el madero nos arruina. ¡Ha perecido este gran poder siempre temido por los pueblos!»

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