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miércoles, 19 de enero de 2011

...Pediatría de Sierrallana dónde estás?

Voy a contarte un hecho, uno más de tantos, que le sucedió a una joven madre torrelaveguense el 20 de diciembre de 2010. Me lo relata así:
“Estando trabajando, mi hija de dos años se empezó a encontrar mal, temblaba en exceso y tenía una temperatura bastante alta. La llevé a su pediatra, y tras examinarla, me dijo que debía acercarme a la Residencia de Cantabria para que la examinaran más detenidamente.
Estaba en Torrelavega y eran pasadas las diez de la mañana. Cogí a la niña y salí dispuesta a realizar el eterno trayecto que suponen 25 minutos en coche, sobre todo cuando el tiempo apremia.
Ya en el coche, el único apoyo que tenía mi hija, era mi voz y mi cara reflejada en el retrovisor. A través del cual, veo como su carita se va volviendo cada vez más pálida, desmejorada por unas ojeras y unos labios morados, propios de una película de terror, y por si esto fuera poco, comenzó a convulsionar y finalmente... vomitó.
Cuando por fin consigo llegar a la Residencia y visualizar URGENCIAS, me dirijo con el vehículo hacia ese lugar, dejo el coche en la puerta, y entro con la niña en brazos.
Nada más entrar me preguntan por los síntomas de la niña, su nombre y edad. En ese intervalo de tiempo se me acercó un señor y me espetó: “No puede dejar el vehículo en el lugar donde lo ha aparcado, ese sitio está reservado para las urgencias de las ambulancias”.
Descolocada aún y con la niña temblando en los brazos, intento explicarle que estaba sola y que mi hija no está bien, necesito que la miren con urgencia. Con una mirada de indiferencia, recibo la típica respuesta en estos casos de que los aparcamientos de urgencias son sólo para las ambulancias. Que todo muy bien, pero que tengo que retirar el vehículo de allí.
Extiendo la mano y le ofrezco las llaves de mi vehículo, con la esperanza de que me dejara llevar la niña a que la viera la enfermera. Pero este señor, no lo consideró dentro de sus obligaciones y me contestó: "Yo no estoy aquí para eso".
Por una décima de segundo me pregunté cual sería su cometido aparte del “no facilitar” a los enfermos que les atiendan de urgencias cuando vienen con ellas, ¿o será la de echarse un pitillo a la menor oportunidad, como le vi al final cuando nos íbamos?
Perdida y un poco desesperada, aparté la mirada buscando una solución, y la encontré en la chica amable que me había pedido los datos a mi llegada. Me dijo: "Primero que vean a tu hija, y después aparcas el coche". Y así lo hice, me fui con la enfermera y me dijo que desnudara a mi hija al comprobar que tenía muchísima fiebre y me asignó inmediatamente un box.
Pero si pensaba que ya podría por fin saber qué es lo que le sucedía a mi hija, me di cuenta de lo inocente que seguía siendo, pues volvió el mismo individuo, para decirme que no podía entrar al box sin antes haber movido el coche.
Así que me tuve que salir a la calle con seis grados en el ambiente y con la niña en camiseta en mis brazos. Tuve que sentarla en su silla y atarla, con la pérdida de tiempo que eso supone. Ni que decir tiene, que no encontré ningún sitio, así que ya sin ningún tipo de contemplaciones, retiré un cono que acotaba un espacio reservado a "cuidados paliativos" y allí lo dejé.
Cogí a la niña ya decidida a que nada ni nadie me entretuviera y me dirigí al box que me habían asignado. A partir de ese momento -también hay que decirlo- todo fue fantástico. Le hicieron pruebas y la examinaron, hasta obtener un diagnóstico final: Neumonía.
A las tres horas, salíamos las dos por el pasillo hacia la puerta, y nos volvimos a topar con ese señor. Al verle, tuve que buscar como contrapunto la cara de la chica que en el momento oportuno me hizo un guiño de complicidad al decirme..."primero tu hija y luego el coche", y agradecérselo con un "muchísimas gracias", cosa que nunca podría decir a este otro individuo que me insistió tanto y que me increpó hasta que no tuve más remedio que salir con mi hija semidesnuda y enferma a buscar un aparcamiento adecuado.

Reflexiones en voz alta:
Como esta madre con su hija en ese estado hay al cabo del mes unas cuantas madres y padres que tienen que sufrir este tipo de contratiempos. Primero ir a coger el coche, sentar y poner el cinturón de seguridad de la silla a su hijita o hijito. Pero previamente, que no se nos olvide, tener que salir “escopetado” de tu trabajo. Luego acercarte hasta Santander, a la Residencia Cantabria. También es de comentar que depende por dónde te acerques a la Residencia te puedes encontrar obras de calle, por ejemplo las del túnel de Valdecilla. Con los nervios y las ganas de llegar, no te equivoques y pierdas un tiempo muy valioso para la salud de tu hija o hijo. Y ya para colmo, o para rizar el rizo,...que no encuentres un aparcamiento óptimo, para acercarte rápidamente al servicio de urgencias. Ya sabes que te puedes encontrar con un señor –el “coco” por llamarle de alguna forma- que te va a increpar y a perseguir hasta que no retires el vehículo de la entrada de urgencias y lo dejes bien estacionado. Lo que viene a continuación es de agradecer por el trato que se recibe en la Residencia Cantabria.
Pero esto no ocurriría si:
* ...el Sr. Presidente de Cantabria o el Sr. Consejero de Sanidad o al que le corresponda, pusiera los medios adecuados para que en el Hospital Sierrallana de Torrelavega se abriera, por fin, el departamento de pediatría y por supuesto el de partos.
* ...el Gobierno en sí gobernase con criterio y se preocupase de solucionar este tipo de situaciones que son bastante habituales en nuestra comarca y en los municipios limítrofes.
* ...en vez de gastar millones de euros en hacer las aceras más grandes de Europa, para que paseen los más de cinco millones de parados españoles, los gastasen en este tipo de proyectos.

Quiero por ello alzar la voz por todo esto, para que los vecinos de la comarca de Torrelavega, los vecinos de Torrelavega en sí – que sigue siendo la segunda ciudad de Cantabria y no una ciudad de segunda que es lo que este gobierno quiere conseguir- y los vecinos de los municipios limítrofes reciban un mejor servicio sanitario y hospitalario para todos sus pequeños. Y así también seguir reivindicando la puesta en funcionamiento de los departamentos de pediatría y de partos en el Hospital Sierrallana de Torrelavega.


Muchas gracias.
Y por supuesto, ya sabes que esto tiene que cambiar, ...y lo vamos a cambiar entre todos.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Relato de los tres Reyes Magos

Esta es una historia que todo familia cristiana tiene que conocer y contar a sus hijos en ese momento el que surgen esas dudas tan oportunas. Tenemos que estar preparados. Es una historia tan bonita y entrañable que cuando me llegó por vía e-mail me alegró enormemente pero también me entristeció un poquito. Me entristeció porque mis padres no llegaron a contármela y eso sí que hubiera significado mucho dentro de mí. Ahora a tí te ha llegado, ya me contarás lo que te ha hecho sentir. Pienso que ahora vas a tener "un debe" con tus familiares y amigos. Léela despacio y disfruta con ella.

"Erase una vez... un padre que se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo: - ¿Papa? - Sí, hija, cuéntame - Oye, quiero... que me digas la verdad - Claro, hija. Siempre te la digo -respondió el padre un poco sorprendido - Es que... -titubeó Cristina - Dime, hija, dime. - Papá, ¿existen los Reyes Magos? El padre de Cristina se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente. - Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad? La nueva pregunta de Cristina le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo: - ¿Y tú qué crees, hija? - Yo no sé, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso. - Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero... - ¿Entonces es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos- ¡Me habéis engañado! - No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen -respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Cristina. - Entonces no lo entiendo papá. - Siéntate, cariño, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla -dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado. Cristina se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos: -Cuando el Niño Dios nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo: - ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían. - ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo. Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó: - Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito. Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal: - Sois muy buenos, queridos Reyes, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños? - ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero no podemos tener tantos pajes, no existen tantos. - No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo. - ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los tres Reyes con cara de sorpresa y admiración. - Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños? -preguntó Dios. - Sí, claro, eso es fundamental - asistieron los tres Reyes. - Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños? - Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje -respondieron cada vez más entusiasmados los tres. - Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres? Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír: - Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices. Cuando el padre de Cristina hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo: - Ahora sí que lo entiendo todo papá. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado. Y corriendo, se dirigió a su cuarto, regresando con su hucha en la mano mientras decía: - No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero. Y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.

Después de esta entrañable historia no me queda otra cosa que desarte una ¡FELIZ NAVIDAD! y un año próximo lleno de alegrías.


Le pediré a ese Dios que se hace Niño que nos conceda estar con los pies en el suelo y la cabeza en el Cielo.

Un fuerte abrazo.
Muchas gracias... cargadas de muchas ilusiones.